lunes, 9 de febrero de 2009

"Unos caballitos..."


El niño siempre ha sentido una auténtica admiración hacia el caballo, admiración que se ha traducido en el hecho de que muchos de sus juegos incluyan una larga, mítica y arriesgada cabalgada. El héroe y el caballo son inseparables a los ojos del niño. Ha mitificado al animal colocándolo, al margen de la realidad, en un lugar privilegiado y sólo accesible a su ingenua fantasía.

Este hecho tiene un significado mucho más profundo del aparente. Trasciende del niño y se convierte en una muy arriesgada valoración subconsciente que acompaña al niño, al adolescente, al joven y al hombre.

No basta que la máquina, que los vehículos motorizados amenacen con sustituir al caballo y desplazarlo de la intimidad del hombre. Este animal permanecerá siempre vinculado estrechamente a una serie de símbolos y de valores depositados en zonas del alma humana hasta donde es imposible llegar.

Las máquinas, por definición, son obra del ingenio del ser humano. El caballo posee el rango de criatura de Dios, al igual que todos los animales.

Y, si no, baste observar con atención la mirada encandilada de los pequeños ante el girar de unos "caballitos..."

José Manuel de la Prada, "El caballo, ayer y hoy" (Plaza & Janés, 1972), pág. 63.

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